¡¡BIENVENIDO!!                                                   El pasado nos recuerda de donde venimos...                                            pero no debe marcar a donde vamos.

sábado, 16 de mayo de 2015

Inesperado Amor. CAPÍTULO 37.

Notas de Mara:
Hola. 
Es maravilloso haber llegado, finalmente, a este punto de la historia. (^.^)
Espero lo disfruten.

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CAPÍTULO 37. Sacrificios de Amor.

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El joven reportero estaba observando todo desde su escondite, tomando fotografías, sin interferir, como buen profesional que era.

Cuando había decidido estudiar periodismo siempre pensó que ser un simple espectador le resultaría fácil, en especial teniendo en cuenta su naturaleza cobarde, pero estar en el campo era completamente diferente a cómo se lo imagino, ver a personas reales, en problemas reales, a punto de morir de verdad...

No pudo permanecer más tiempo imparcial.

— ¡CUIDADO! — Gritó a la chica mientras veía a la cortina de humo tomar forma detrás de ella.

Pero, pesé a haber interferido, pesé a haber dejado de ser un espectador de la historia, lo único para lo que valió su intervención fue para que la joven pudiera ver el rostro sonriente de su agresor, en el justo momento que la atravesaba con su garfio.
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Al fin estaban ahí, la mujer de jabón se interponía a su paso, mientras Hina detenía al tal Jabra. Se movía demasiado rápido, era demasiado fuerte y se transformaba en una especie de hombre-lobo, aterrador. ¿De dónde salían esos payasos?

Nami por su parte se movía de un lado a otro, intentando esquivar las barreras de jabón que la rubia le ponía delante, como si quisiera llegar hasta la puerta, y por lo visto, nadie debía salir vivo de ahí.

« ¡Maldición! » Renegó Hina, mentalmente, cuando un fuerte golpe la hizo caer. Estaba exhausta, hambrienta y lastimada; pese a que la mayoría sus heridas habían sanado milagrosamente y de la nada, estaba resintiendo los estragos físicos que había sufrido su cuerpo a lo largo de aquel encierro, ni siquiera tenía la menor idea de por qué la habían llevado ahí, menos de las razones de la tortura, y sus hijos... ¡Sus hijos!

Una inmensa ira se apodero de ella al recordar que la habían torturado delante de sus hijos; el daño físico que le habían causado le importaba menos que el irreparable daño psicológico que había provocado a los pequeños.

No se preguntaba porque no la estaban buscando. El día del secuestro, llevaba consigo la carta que sus abogados le pidieron que entregara a Akagami en persona. La había terminado tirando en el cuarto de los pequeños, lo más seguro era que su marido asumiera su huida. ¡Que absurdo! ¿Cómo si ella fuera de las que huyen?

Se puso de pie con dificultad, el cansancio se le notaba más de lo que le gustaría, sus piernas temblaban y su respiración era demasiado inconsistente.

El hombre-lobo saltó hacía ella.

Respiró hondo y cerró los ojos, probablemente aquel sería su fin; el final de su vida. Pudo haberse dejado golpear, pudo permitir que aquel golpe la impactara, pudo rendirse y dejar al inevitable final alcanzarla, pero la imagen de sus vástagos inundo su mente, imágenes felices, imágenes sonrientes, imágenes preciosas... todas ellas rotas por el llanto, por el dolor, por el miedo.

Abrió los ojos de golpe, Jabra se encontraba a menos de un metro de ella. Quizá fue la adrenalina, quizás la decisión, quizás el hecho de que no pensaba permitir que la última imagen que sus hijos tuvieran de ella fuera algo tan deplorable e inhumano; no importa lo que haya sido, se movió instintivamente hacia abajo, esquivando un golpe directo a su rosto, extendió su brazo derecho y golpeo a aquel hombre con el mismo. Todo fue muy rápido, muy sorpresivo, muy inesperado, pero de su brazo, sin ninguna explicación lógica y razonable, brotó una extraña armazón de acero, con la forma de un cepo, que dejo a su adversario anonadado, atrapado y parcialmente fuera de combate.

— ¿Es una usuaria? — murmuró Califa, parando en seco.

Nami, quien también se había quedado en shock unos segundos, reaccionó, aprovechando aquella inesperada distracción alcanzo los cables de alto voltaje junto a puesta, salto sobre una mesa de madera y los arranco, arrojándolos hasta los restos de jabón espumoso en el suelo.

— ¡Salte!

Hina reaccionó por instinto, colgándose de una cuerda que estaba pendida en al techo.

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Lucci endureció sus facciones al mirar a los ojos al chico que sujetaba su garra. No le importaba de dónde habían salido, los quería matar en ese instante.

Luffy soltó a la misteriosa criatura delante suyo, bajo a Tarao, quien al parecer estaba mejor.

— Tarao, ¿puedes curar a Robin? — pidió al hábil médico que lo acompañaba.

El aludido se vio tentado en decir que no, e irse de aquel lugar en el que nada de lo que sucedía debería importarle, después de todo ya se había involucrado demasiado, y todo aquello no estaba haciendo otra cosa más que interponerse en sus verdaderas ambiciones, no obstante, sentía que debía quedarse junto a aquel chico un poco más.

— Si —, respondió secamente, usando su habilidad traslado a la chica a una mesa de cirujano, pero antes de llegar hasta ella, un hombre apareció “de la nada”, entre ambos.

— Me temo que no puedo permitirlo — le anunció el enorme sujeto con aspecto de toro.

El medico sonrió de medio lado, y negando con la cabeza murmuro: — Menudo idiota.

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El pelirrojo no sabía si le molestaba más que lo hubiesen golpeado por sorpresa o la ridícula manera de hablar de aquel dramático sujeto. Se levantó, las heridas de su reciente accidente sólo le provocaban que aquellos golpes fueran más duros.

« ¡Maldito! » Pensó Shanks. El tipo delante suyo se vanagloriaba de su fuerza y habilidades, como si el dolor del pelirrojo fuera completamente obra suya, como si su ataque hubiera sido realmente poderoso. « ¡Idiota! » 

Kumadori se dispuso a atacar de nuevo a su adversario, pero la fuerza y velocidad del pelirrojo seguían siendo mayores, pese a sus heridas. Shanks esquivo los golpes y contra ataco con un certero puñetazo que derribo a su adversario, dejándolo inconsciente, ante los ojos atónitos de su compañero.

— Sera mejor que tú no te metas en mi camino — dijo Akagami, con arrogancia, irguiéndose para ocultar la electrizante punzada de dolor que amenazaba con sacudirlo.

El chico de la nariz cuadrada termino de revisar los signos vitales de su amigo. Se puso de pie y lanzo al pelirrojo un florete* que estaba en un exhibidor cercano.

— ¿Sabe manejarlo?

— Tome clases hace algún tiempo.

El más joven saco sus catanas y se colocó en guardia.

— No podrán decir que mate a alguien desarmado.

Shanks se colocó en posición de ataque, como todo un experto. Hizo una pequeña reverencia y sonrió de medio lado.

— Akagami Shanks.

— Yamakaze* Kaku.

Y tras esos breves segundos de caballerosidad y elegancia, comenzó la feroz batalla.

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Los ojos de Zoro se desorbitaron ante la escena que tenía delante, e inmediatamente olvido que necesitaba aire, que le faltaba respirar, pero ¿a quién le importaba eso en aquel momento?

La hermosa joven, que creyó que había huido, abandonándolo en aquel lugar al igual que lo había hecho Koshiro hace tantos años, la chica que regreso por él a pesar de todo para intentar salvarlo aunque él mismo en algún momento pensara que ya no tenía salvación, estaba siendo atravesada por un enorme garfio, desde el costado de su cuerpo, conocía esa herida, había visto a Crocodaille frenar cientos de vidas de la misma manera: le había perforado un pulmón.

Se levantó, por mera adrenalina, impulsado por la sorpresa, el miedo, la desesperación. Quería apartarla de él, protegerla como ella siempre lo había protegido cuando eran pequeños, hasta antes de enfermar. No dio más que un paso, antes de sentir cómo lo jalaban de un brazo, regresándolo de golpe al suelo. El hombre de los ojos dorados paso a toda velocidad junto a él, y al verlo aproximarse a su eterno captor, el temor se hizo más grande. ¿Podía perderlo todo?

Hasta ese momento siempre pensó que no tenía nada más que perder. Después de toda una vida solo, después de tanto tiempo no deseando otra cosa que venganza, alejarse de todo y empezar de cero en cualquier parte del mundo lejos de ahí... luego de pensar que no le quedaba nada, se daba cuenta que estaba equivocado. Kuina había ido por él, y el hombre de los ojos amarillos le había propuesto vivir a su lado... y ahora, estaba a punto de perderlos a ambos.

Mihawk reconoció la voz del moreno que los acompañaba, y contemplo anonadado como la joven que acababa de salvar a Zoro era atravesada por el garfio del proxeneta. Todo pasó muy rápido, y al ver la intensión del peliverde de ir a salvarla, su corazón se cayó a pedazos. Fue entonces cuando lo comprendió: estaba enamorado.

Ya no era una incertidumbre, una duda o una posibilidad; era una certeza: estaba perdidamente enamorado. Conocía esa sensación, la sensación de algo dentro rompiéndose, la sensación de sentir un amor único y unilateral, un amor sin futuro. ¡Vaya que la conocía!

Todo pasó muy rápido, tan rápido que no tenía tiempo de quedarse a sentir ese dolor que lo destrozaba. Detuvo al muchacho, no podía permitir que nada le pasara, si lo estaba protegiendo antes de entender lo que sentía, en aquel momento ya no había manera de dar marcha atrás: pelearía por él, y de ser necesario, moriría por él; después de todo... ya no le quedaba nada.

Jaló a Zoro hacia atrás, regresándolo al suelo y lanzo un puñetazo a Crocodaille, dándole de lleno en la cara, para la sorpresa del mismo chulo*.

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 Doctorine salió por un viejo túnel oculto, llegando junto a un árbol frente al cual estaba estacionada una camioneta con su pequeño discípulo adentro.

— Vámonos — dijo tras subir al auto.

Chopper estaba en su forma semi-humana para poder conducir aquel vehículo, pero en lugar de arrancar, como le había pedido su mentora, permaneció ahí, con la vista fija en el camino por el que la mujer había aparecido.

— Nadie más llegara — anunció ella, sabiendo de antemano lo que pasaba por su cabeza —. Las cosas se complicaron demasiado, la policía está involucrada y probablemente nadie salga vivo.

Chopper apretó el volante al punto que este hizo “crack”. Lo soltó, y apartó la vista de aquel camino.

— Debo ir a a...

Antes de que terminara aquella frase, la mujer lo golpeó con fuerza, justo en la nariz.

— ¡No seas imbécil! — le reprendió furibunda —. ¿Sabes lo que pasara si te atrapan?

El reno apretó la boca en una línea, armándose de valor.

— Ussop es mi único amigo — le recordó —. No puedo abandonarlo.

La mujer enfureció, y lo bajo de una patada del auto de una patada.

— ¡Entonces ve a que te maten! — exclamó, tras haberse colocado en el lugar del conductor y justo antes de arrancar a toda velocidad, alejándose de ahí.
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La joven herida cayó al suelo, y el moreno llegó a tumbos hasta ella, temiendo lo peor; afortunadamente, aún respiraba y le sonreía.

— No te preocupes — pidió justo antes de comenzar a toser sangre, logrando contra su voluntad el efecto deseado.

— Debiste irte — susurró el muchacho, sabiendo que en breve los pulmones de la chica se llenarían de sangre, haciéndola convulsionar hasta morir.

— No podía abandonarte — le dijo, sin dejar de escupir sangre —, no después de buscarte por tantos años.

— No hables.

— Sé que estas aquí por causa de padre — continuo hablando, ignorando las sugerencias de su amigo. No era tonta, sabía perfectamente lo que estaba pasando, podía sentir como la vida se le escapaba, y no podía irse sin decirle aquello —. Debí seguir buscándote — comenzó a llorar. Su voz se quebraba, el aire le faltaba, y no alcanzaba a respirar —. Perdóname Zoro — sollozo, aferrándose a él. El muchacho la sujetaba contra su pecho, intentando darle valor en aquellos momentos.

— Estoy bien — mintió él, fingiendo la entereza que no sentía —, y tú también lo estarás. No sigas hablando.

— Al menos pude volver a verte, una vez más — sonrió, acariciando la mejilla de su amigo —. Te amo, Zoro.

El peliverde sintió su corazón encogerse, y tragó saliva intentando mantener la entereza. Tomó la mano de su amiga, y la apretó con suavidad.

— Yo también.

Ella cerró los ojos, con esa sonrisa que conservaba. Comenzó a ahogarse con su propia sangre, y el miedo la invadió. Las lágrimas salían de sus ojos, una tras otra, sin parar. Su cuerpo comenzó a sacudirse y se aferró a su amigo, hundiendo el rostro en su pecho mientras comenzaba a convulsionarse. La sangre no le llega como debía, al cerebro; sus pulmones estaban inundados. Era el fin.

Zoro la apretó con fuerza, para evitar que los espasmos la asustaran más. La apretó hasta que dejo de moverse, hasta que sus delicadas manos dejaron de ser un nudo sobre su pecho, y cayeron debido a la gravedad. Todo había terminado. Su corazón quiso meterse, el aire quiso faltarle, y un espasmo incontrolable sacudía sus mejillas, mientras luchaba con las lágrimas que trataban de escapar.

Apretó aquel cuerpo inerte con fuerza, como si con eso pudiese ser capaz de devolverle la vida que se le había escapado.

Mihawk lo observo en silencio, mientras su propio corazón se hacía pedazos. ¿Por qué carajos la vida se empeñaba en hacerle eso?

El sonido de Crocodaille poniéndose de pie capto su atención. No tenía tiempo de comportarse como un adolecente, no tenía tiempo de llorarle a un amor que nunca había tenido futuro. Se había acabado; si moría ahí, en ese momento, por ese muchacho, sería lo mejor que podría pasarle. Morir por quien amaba, igual que la chica en los brazos en los que él deseaba estar.

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Notas culturales:

*Florete.- Es una de las tres armas de la esgrima (las otras son: sable y espada). El florete es considerado el arma básica, originalmente usada para el entrenamiento. Es ligera y flexible. Se necesita mucha precisión y técnica para usarla.

*Yamakaze es el apodo de Kaku, significa "El viento de la montaña". 


*Chulo.- en algunos países, sinónimo de proxeneta.

jueves, 23 de abril de 2015

¡Gracias!




¡Gracias!

martes, 21 de abril de 2015

Inesperado Amor. Capítulo 36

Notas de Mara:
Hola. Esté es uno de los últimos capítulos de este fanfic; lo he escrito con mucho entusiasmo y cariño, especialmente para las personas que siguen dándome sus ánimos en los comentarios y a través de las redes sociales.
Espero que lo disfruten.
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CAPÍTULO 36. Al final del camino

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Hina se levantó de la mesa de cirugía, no le importaba que su ropa estuviera hecha jirones, ni siquiera le importaba saber cómo es que se sentía perfectamente bien luego de todo lo que había pasado, lo único que le interesaba en aquel momento era una cosa: —¿Dónde están mis hijos?

La atractiva rubia frente a ella sonrió de manera torcida. —Eso no debe importarte —explicó, dando un par de pasos hacia las pelirrojas—, porque no les veras nunca más.

La mayor dio algunos pasos al frente y giró su cabeza en círculos, hasta que su cuello trono. Nadie podía pararse frente a ella y amenazar a su familia, e irse como si nada.

—Apártate de mi camino, o no respondo —ordenó con decisión—. Hina molesta.

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Akagami apoyó sus manos sobre sus rodillas mientras intentaba mediar su respiración. Había corrido un largo pasillo que por un momento le pareció interminable, y ahora que finalmente había llegado al otro lado, le faltaba subir unas extensas escaleras. Pensó en Luffy y en lo mucho que había sufrido durante toda su vida, también pensó en sus hijos y en lo inmisericorde que sería con todo aquel que se hubiera atrevido a hacerles daño. Suspiró profundamente al tiempo que se erguía para continuar su camino, y cuando comenzó a subir, pensó en su esposa, en los años que habían pasado juntos, en los buenos momentos que habían compartido, en la promesas que le hizo frente al altar, y por primera vez en todo el tiempo que la había engañado y le había causado dolor, se sintió cómo un miserable que no merecía vivir.

Cuando todo eso acabara llevaría a toda su familia a unas merecidas vacaciones, para olvidar ese trago amargo que les había provocado con su inconsciencia.

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Rob Lucci no planeaba hacer aquello rápido. Había sacado a Robin de su jaula para comenzar a golpearla con fuerza y decisión. Una patada, un puñetazo, un rasguño con las enormes garras; la morena estaba siendo golpeada con más violencia que jamás en toda su vida. Tras una fuerte bofetada que rasgo su rostro, se estrelló de lleno contra una pared metálica, la cual debido a la fuerza se abolló ligeramente. El golpe fue tan duro, que no le dejó fuerza para intentar mantenerse en pie, cayó al suelo helado mientras sentía el crujir de sus huesos y el correr de su sangre. Los niños en la otra jaula estaban horrorizados, la pequeña niña estaba aferrada a su hermano mayor, con la cara hundida en su pecho, temblando cada vez que escuchaba un golpe fuerte o algún mobiliario romperse; el mayor, por otro lado, cerraba los ojos y apretaba a su hermana cada vez que no resistía ver algo. ¡Todos esos hombres eran unos malditos desalmados! El hombre-tigre usó su larga cola animal para sujetarla del cuello y levantarla en el aire, enfrente de sí. Lamió sus labios, dejando ver que aquel acto de violencia lo excitaba, cómo excita un cadáver a un necrófilo. Robin no lograba inhalar suficiente aire, y sus ojos comenzaban a lubricar a causa de la apnea, pero tenía que aguantar, sólo otro poco y aquello finalmente acabaría, sólo otro poco y no volvería a sufrir dolor.

—No deberías maltratarla tanto—comentó un hombre con aspecto de toro, al cual nadie había visto aparecer—, seguramente el doctor querrá estudiar el cadáver.

Lucci no pudo ocultar lo que le había irritado aquel comentario. Dio una serie indeterminada de golpes contra el estómago de la morena, como si se tratase de un saco de box, para demostrar lo poco que le importaba lo que quisiera aquel doctor. La morena mantuvo los dientes apretados para resistir el dolor que los golpes le causaban, fracturando sus costillas y dañando sus órganos internos. Cuando los golpes cesaron finalmente se dio el lujo de abrir la boca para escupir la sangre acumulada, manchando el rostro de su agresor sin proponérselo. Lucci limpió su rostro, furibundo, tomó a la chica de los cabellos y con toda su fuerza la estrelló de lleno contra el suelo.

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Mihawk pasó su brazo delante de Zoro, y suavemente colocó al muchacho detrás de sí. Sir Crocodaille era imponente y aquella extraña habilidad podía resultar intimidante, en especial teniendo en cuenta que no contaban con armas o algún plan de respaldo; no obstante tenía clara una sola cosa en su cabeza: "proteger a Roronoa Zoro".

—Lo distraeré —anunció Juraquille a los jóvenes que lo acompañaban, sin siquiera mirarlos—, busquen otra salida.

Zoro parpadeó un par de veces mientras intentaba procesar aquello. Sin embargo, la peli azul asintió y tomó a su viejo amigo del brazo, dándose la vuelta y jalándolo para que la siguiera.

El peli verde no se movió ni un ápice; al contrario, con su mano libre sujeto el chaleco del mayor obligándolo a mirarle. Mihawk vio de reojo a Zoro, notando la turbación, desesperación y miedo en sus ojos.

—No te preocupes —le pidió, al tiempo que intentaba que soltara su chaleco—, no permitiré que vuelva a lastimarte, —pero lo único que consiguió fue ser tomado de la mano.

—No necesito que me salves —respondió el peliverde con firmeza, pesé al miedo que se reflejaba en sus ojos. Mihawk finalmente se volvió a mirarlo.

—Zoro...

—No soy una damisela en peligro —lo interrumpió—, he sobrevivido solo todos estos años —explicó haciendo a un lado al mayor —. No te necesito —anunció, clavando su vista en un divertido Crocodaille —No necesito de ninguno. Toma a Kuina y salgan de aquí.

Antes de que alguno dijera algo más, la chica corrió escaleras arriba, alejándose de ambos. Zoro no se sintió decepcionado al ver huir a la chica, era lo mejor, ahora sólo faltaba que el ojidorado se fuera también. Crocodaille rió a carcajadas, y comenzó a aplaudir sarcásticamente.

—Ya lo oíste, Juraquille —sonrió—. Lárgate.

Mihawk miró con desprecio a aquel proxeneta, luego volvió a tomar la mano de Zoro, atrayéndolo hacia su cuerpo y envolviéndolo en un protector abrazo.

—Agradezco lo que intentas hacer —le dijo con ternura, acariciando su cabeza con devoción—, pero no quiero que mueras por mí —entonces el moreno lo vio, incapaz de entender lo que había en aquella penetrante mirada de ojos amarillos—. Quiero que vivas conmigo.

La sonrisa de Crocodaille se borró, dejando en su lugar una dura y furiosa expresión.

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— ¿Está segura? —Inquirió Nami, andando detrás de la mayor y semidesnuda mujer, a una distancia prudencial—. Esa mujer es una especie de monstruo.

—En este momento no estoy segura de que soy exactamente yo —respondió Hina, plantándose enfrente de la rubia. Califa sonrió, acomodo sus gafas, y la espuma bajo sus pies comenzó a crecer y esparcirse a su alrededor. Nami tragó saliva aterrorizada.

—Otra vez no.

Un hombre con el cabello largo y extraños bigotes también entró a la habitación.

—Puff... —bufó pasando entre la espuma—. Deberías, simplemente, matarlas; en lugar de ponerte a jugar.

—Será sólo un momento —respondió la mujer.

Nami y Hina no sabían dónde estaba, pues su voz resonaba por toda aquella habitación. El hombre se paró recto y se cruzó de brazos.

—Date prisa.

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Law finalmente logró poner los pies en el suelo, e hizo uso de sus talones para frenar al chico que lo jalaba por aquel edificio sin rumbo exacto. Lo que no se esperaba era que el pequeño moreno siguiera corriendo mientras su brazo se estiraba. Su fuerza era sobre humana, pero el ojeroso logró hacerlo volver de un tirón. Luffy regresó como un resorte chocando contra el otro chico y estrellándose contra un muro. El doctor frotó su cabeza para mitigar el dolor que le había causado el golpe.

— ¿Qué demonios haces?

—Busco a mis amigos —respondió el menor, levantándose como si nada le hubiera pasado.

—Ni siquiera sabes a dónde vas —refunfuñó el médico, poniéndose de pie y sacudiendo el polvo de su ropa.

— ¡Claro que lo sé! —exclamó Luffy con entusiasmo. Law lo miró dubitativamente—. Voy a buscar a mis amigos.

El mayor suspiró. —Haz lo que quieras —dijo con indiferencia, dándole la espalda. No obstante, en ese momento sintió un dolor que lo hizo doblarse y caer de rodillas. « ¡Maldición!» Apretó su pecho vacío, en un intento inútil de calmar el dolor. El más joven se inclinó, lo tomó en brazos y se lo colgó en el hombro, como si de un costal de papas se tratase.

— ¿Qué haces? —Bramó Law, retorciéndose para que lo bajara, y tratando de ignorar su dolor—. Déjame.

—Tú nos curaste a Zoro y a mí —le recordó, andando con él en el lomo—, así que no voy a dejarte aquí, cuando obviamente te pasa algo.

El ojigris suspiró, le habría gustado resistirse más, pero estaba cansado y adolorido.

—Entonces seré yo quién nos lleve a tu destino —y tras decir aquello, extendió una de sus manos—. Room.

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El corazón de Zoro se disparó, vuelto loco, mientras las palabras del pelinegro resonaban en su cabeza: "quiero que vivas conmigo". ¿Acaso eso de verdad estaba pasando? ¿De verdad aquel elegante y sofisticado hombre quería compartir la vida con él? ¿O todo se trataba de una alucinación de su mente, y seguía atado en el cuarto de tortura de Crocodaille siendo profanado? Inhaló profundamente el masculino aroma que aquel hombre emitía, llenando sus pulmones de él, deseando que aquel fuera otro momento para poder confesar todo lo que estaba sintiendo. Repentinamente una brutal corriente de aire los separó, arrojando al pelinegro contra un auto, cuya alarma comenzó a chillar escandalosamente. El peliverde comenzó a sentir una fuerte presión en su cuello, y la sensación de asfixia empezaba a nublar su vista, mientras delante de él se materializaba Crocodaille, con una expresión llena de odio. La única mano del proxeneta le apretaba la tráquea, cortándole el aire, al tiempo que sentía una sed incontrolable que iba en aumento. Mihawk se incorporó tan rápido como le fue posible, estaba aturdido, pero no iba a quedarse ahí mientras aquel muchacho era asesinado delante de él.

—Sólo saldrás de aquí hecho polvo —le dijo, levantándolo todo lo que su altura le permitía—. Literalmente.

Pero justo en el momento que iba a usar su poder para secarlo desde adentro, el filo de una espada cerceno se brazo de un sólo tajo, liberando al peliverde, quien fue atrapado en el aire por el ojidorado. Kuina, quien había regresado un par de pisos para tomar aquella arma blanca de un exhibidor, se apresuró en llegar hasta Zoro, quien tosía con fuerza en un intento desesperado de hacer llegar el aire a sus pulmones.

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Kozha ajustó su cinturón de seguridad cuando el detective comenzó a forzar el motor del auto.

— ¿Estás seguro?

—No —respondió con tranquilidad—, pero no tenemos muchas opciones.

El peli café se preguntó si saldría vivo de aquella debacle para volver a ver Vivi. «Si sobrevivo, me olvidaré de la política para siempre.» El rubio arrancó el auto. Los policías delante de él comenzaron a correr, a saltar, a esquivar.

— ¡Cuidado! —gritó Ace, a través de la ventana a las personas que estaban de espaldas al auto, quienes voltearon a verlos y saltaron a los lados a gran velocidad. El capitán Smoker se colocó justo enfrente del camino de Sanji.

— ¿Qué hace? —inquirió Ace, ligeramente inclinado hacia adelante, refiriéndose al hombre frente a el camino.

—Intenta intimidarme —explicó Sanji, sin disminuir la velocidad.

—Deberías detenerte — sugirió el peli café, tensándose y aferrando su mano derecha en el techo del auto.

—Se moverá.

—No parece que vaya a moverse —meditó Ace. Sanji sostuvo el volante con una mano, se sujetó de la ventana con la otra, y sacó su cabeza y la mitad de su abdomen por la ventana.

— ¡Apártese! —Le gritó a su jefe haciendo un ademán— ¡No voy a detenerme!

—Tras decir aquello volvió a sentarse y aumentó la velocidad. Smoker se cruzó de brazos, plantándose en su lugar. El auto de Kuroashi aceleró, y el capitán no se movía, pero antes de que el auto lo alcanzara, Tashigi saltó sobre él, apartándolo del camino.

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Hina golpeaba las siluetas de jabón que se formaban una tras otra frente a ella, aquello parecía un cuento de nunca acabar.

Nami veía como, la mujer a la que acababa de rescatar peleaba con una agilidad sobre humana, lo que más llamaba la atención de la joven era que en varias ocasiones, le había parecido ver salir una especie de grilletes enormes, disparados desde las manos de Hina.

— Deja de jugar, Califa. — Renegó el hombre de largos bigotes, colocando sus llamativos lentes sobre su frente.

— De acuerdo, Jabra — la mujer salió de entre las burbujas de jabón.

Hina le hizo una seña a la joven que la acompañaba.

— Ella está jugando — le explicó, refiriéndose a la rubia —, aunque mis conocimientos de arte marcial son buenos, llevo años sin entrenar —. Nami la veía atentamente, sin saber que decir respecto a aquello —. Debemos hacer algo.

La joven pelirroja miró a su alrededor, y pareció tener una idea brillante.

— ¿Cree poder distraer a ese hombre? — Cuestionó viendo algún punto distante, detrás de él.

— Por supuesto.
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El pelirrojo abrió la puerta, al final de las largas escaleras de caracol, topándose con un par de sujetos. Suspiró.

— Ya me extrañaba no haberme topado a nadie — anunció, al tiempo que estiraba su cuerpo para hacer tronar sus huesos.

Un muchacho con una nariz parecida a la del joven reportero que los estaba ayudando en aquel rescate, acompañado de un sujeto de largo cabello lila parecían andar en busca de alguien, y si no hubiera creído que era una estupidez, el pelirrojo habría jurado haber visto sorpresa en sus ojos, tras salir de aquella puerta oculta.

— Sera mejor que se aparte del camino — sugirió el muchacho de extravagante nariz.

— Las hojas del loto caerán en el ocaso de su vida, si no se aparta de nuestro camino — declaró dalmáticamente el hombre de cabello lila, mientras parecía seguir una especie de coreografía ensayada.

Shanks no pudo evitar fruncir el ceño, y casi podía jurar que el otro chico se sentía avergonzado.

— Me temo que son ustedes quienes están en mi camino — aseguró el pelirrojo, una vez que el impresionante desconcierto hubiera desaparecido.

— Ocúpate de él Kumadori — pidió el muchacho de curiosa nariz, apartándose y recargándose en una pared —, no peleo con personas desarmadas.

— Por supuesto, Kaku — aceptó el aludido, siguió con su peculiar coreografía hasta colocarse sobre una de sus rodillas frente al pelirrojo —. El final del camino de un hombre es como el invierno del mundo — comenzó a recitar —, cae poco a poco tras el otoño y se apaga con gracia en una celebración.

Ante el desconcierto de su enemigo, hizo uso de su bastón y dio un sorpresivo golpe en la cara del pelirrojo, arrojándolo hacia atrás y haciéndolo caer.

— Es una pena que tu deceso sea como una estrella que se apaga — sonrió el hombre, con una pose triunfante —, repentino y sin ninguna gloria.
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—Deja de jugar, Lucci.

El hombre-tigre estaba pisando la cabeza de la morena, quien lloraba debido al dolor. Lucci la movió de un lado a otro con el pie, antes de girarla y patearla un par de metros.

—Hasta nunca, Nico Robin.

La joven cerró los ojos con fuerza. «Se acabó.» Pero justo cuando las enormes garras de aquel hombre iban a cortar el cuello de la joven dos hombres aparecieron en la habitación, y el más pequeño sostuvo aquella garra con su mano libre.

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— ¿Estás seguro de eso, Fukuro?

Spandam tamborileaba su escritorio. Algo no iba bien, y no tenía que ser un genio para saberlo.

— “Si señor” — respondió atreves del den den mushi —. “El lugar está completamente vacío.”

El jefe de aquel ramo secreto del gobierno estaba verdaderamente tenso, y antes de continuar con su charla, la comunicación se interrumpió y su aparato volvió a comenzar a sonar.

— ¿Di... diga? — no pudo ocultar los nervios.

— “Debiste investigar de quien era esa casa antes de invadirla.”

La voz del otro lado de la línea se burlaba, pero habría que ser tonto para no darse cuenta de su ira.

— ¿Quién es?

— “Despídete de tu equipo.”

Tras aquella frase, la comunicación se corto y el hombre comenzó a intentar comunicarse con su equipo una vez más, sin éxito alguno.
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—Cálmate —pidió el ojidorado al moreno.

—Kuina... —la llamó Zoro entre carraspeos. La chica enfundó la espada con una naturalidad sorprendente. Camino hacía él sonriendo, pero a unos pasos de llegar...

— ¡CUIDADO!

Una voz desconocida para ella la hizo virarse, pero todo pasó tan de prisa que lo único que alcanzó a hacer fue ver el rostro sonriente de Crocodaille en el momento en que sintió algo frío atravesarle la piel.

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Continuara...
Notas finales:

Mil gracias a Kuro Hebihime [Link] por el apoyo en la edición de este y otros capítulos.

No lo niego. © Mara Loneliness

Dedicado a: El amor que nunca confesé.

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No lo niego.
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Yo no niego que te amo: "Te amo".

Tal vez debí decirlo antes, cuando eras en mi vida algo más que un recuerdo distante, cuando encontrarme contigo iluminaba mis días, cuando hacerte sonreír era todo lo que me movía.

Yo no niego que me dueles: "Me dueles".

Desde que los sinsabores de la vida nos distanciaron, desde que el tiempo me volvió tú olvido, desde que tuve que continuar con mi camino. 

Yo no niego que te extraño: "Te extraño".

Cada vez que voy a los sitios que compartimos, cada noche que recuerdo nuestros desvelos, cada mañana que pienso en buscarte como antes.

No, no niego lo que siento.

Te amo, me dueles y te extraño.

Cada segundo de cada día... sin importar lo que el tiempo nos separo, sin importar que hayamos seguido con nuestras vidas, sin importar el océano que nos divide.

Siempre te amare.

Mara Loneliness © 2015

Memorias de un suicida. Prólogo. © Mara Loneliness

Memorias de un suicida. © Mara Loneliness

Género: Tragedia/Angustia.

Advertencias: Auto-lesión, muerte de un personaje.

Aclaraciones:
Este relato es ficción y no representa a ninguna persona en especifico.
Cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia.


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Prólogo.
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« Quiero morir.»

Imelda tenía los brazos sobre el escritorio, y una navaja cortando se muñeca. El carmín de su sangre manchaba la libreta en la que había estado escribiendo.

¿Cómo empezó todo?

Aún se preguntaba qué había sucedido para llegar a este punto sin retorno.

Quizás era el destino elucubrado e inevitable que tenía que suceder, o tal vez sólo era el resultado de una serie de eventos desafortunados; al final, probablemente nunca lo sepa.

Estaba cansada, y las cicatrices en sus brazos y piernas parecían gritarle que ya no podían más.

«No es un pensamiento nuevo, reciente o extraño. Quiero morir.»

Se repetía.

Sentía la aplastante presión que comprimía su corazón, mientras hacía acopio de todas sus fuerzas para no romper a llorar.

Le dolía mucho ese vacío desolador en su pecho.

«Soy una carga que nadie debería llevar, mi madre me lo dijo cientos de veces.»

Imelda suspira, mientras ejerce presión con su navaja y las lagrimas ruedan por sus mejillas.

«No le temo a la muerte, al contrario, la añoro, la deseo, la clamo... pero ella me humilla con su desdén, obligándome a seguir en este mundo.

Ojala estuviera muerta, así las personas que amo serían felices, vivirían plenamente y no tendrían que cargar conmigo nunca más.»

La sangre comenzó a salir con más abundancia, y rápidamente cambió de mano, para flagelar la otra muñeca.

Se sentía libre, más no podía evitar pensar que la llamarían cobarde, hipócrita y estúpida; pero es difícil explicarle a las personas por qué hacía aquello.

¿Cómo le dices a alguien: "me mate para que seas feliz"?

¿Cómo hacerlo?

La gente no entiende lo tormentoso y lo difícil que el vivir a fuerza.

Vivir no debería ser una obligación.

Cada persona debería poder ser capaz de decidir hasta donde quiere llegar, sin la estigmatización que eso implica.

Suspiró.

« Cada persona debería poder acabar con su vida en el momento que se sienta como me siento ahora.»

Era medio día y estaba sola en casa. Llevaba una semana sin ir al colegio y nadie parecía haberlo notado.

Tenía catorce años y sentía que había llegado al borde del abismo. No quería andar más por ese camino desolador que era la vida.

« Quiero morir.»

Se volvió a decir con la vista nublada por el llanto.

« Pero no quiero morir por causa de una vida trágica, o una imposibilidad de disfrutar de ella. He sido feliz.»

Recordar aquello le causaba más dolor que cualquier otra cosa en el mundo.

Finalmente comenzó a sollozar con fuerza, derrumbándose sobre el escritorio y manchando su cabello de sangre. Le partía el corazón sentir que no merecía vivir... saber que no merecía vivir.

« He sido feliz.» Se repitió sollozando con fuerza. « Pero soy incapaz de dar felicidad.»

No paraba de llorar, no podía parar de hacerlo. Su corazón estaba roto en miles de pedazos, la cabeza le dolía de tanto llorar.

« Quiero morir.»

Se levantó y limpió sus lagrimas, llenando de sangre su rostro, y su ropa.

Se levantó. Estaba mareada y llego con mucha dificultad hasta su habitación. Cerró la puerta y se dejó caer en la cama.

Estaba cansada.

Se giró boca arriba.

Seguía llorando, aunque quería dejar de hacerlo, quería parar de sufrir.

« Quiero morir.» Se volvió a decir, mientras recordaba las palabras que su madre le decía con frecuencia: "Debí hacer algo horrible para que Dios ne dejara una cruz tan pesada como tú".

No podía evitar pensar que tal vez sólo era el peso que equilibraba la balanza del destino, tal vez sólo era eso, y era doloroso. Le dolía ser sólo la equivalencia del mundo.

« Quiero morir, para que de ese modo las personas que amo puedan comenzar a ser felices.»
...
Continuara...

Notas de Mara:
Hola a quienes han leído esto. Soy muy inconstante con las actualizaciones, así que no esperen una pronto.
Saludos.

miércoles, 15 de abril de 2015

Reflexión de madre. © Mara Loneliness


Quisiera ser más paciente, tener que vivir menos a prisa. A veces por las "carreras" apresuro a mis pequeños y hasta me enfado porque juegan, se distraen... en fin, se portan como niños (y eso son).

Quisiera ser más paciente y no ponerme histérica cuando las cosas no marchan como había planeado, porque en mi enfado  los reprendo por cosas insignificantes como si fuera lo más importante del mundo, como si ellos tuvieran la culpa que mi despertador no sonara o que el camión no se haya detenido.

Quisiera ser más paciente, no preocuparme tanto por las exigencias de la vida, ser más relajada, tener menos prisa. Quisiera poder jugar con ellos, reir con ellos, no tener que preocuparme porque el tiempo se acabe, o porque haya un lugar urgente al cual llegar.

Quisiera ser más paciente y regañar menos, enfadarme menos, gritar menos; ser más paciente a la hora de explicarles cualquier cosa.

Quisiera ser más paciente, porque aunque reconosco mis errores y sé que exagero, no me gusta la persona que soy en ese momento; cuando caigo en la cuenta de que exageré, me disculpo con ellos, pero quisiera ser más paciente.... y disculparme menos.

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lunes, 13 de abril de 2015

"Un soplo del destino". © Mara Loneliness

Tipo: Homo-erótico.

Género: Tragedia/romántica.

Advertencia: Lemon.

Clasificación: NC-17

Actualización: Cada 15 días.

Resumen:

Para Alberto Ventura la vida no era más que un cansado ir y venir de personas, que no duraría mucho; pero eso no le importaba... o, al menos eso pensaba él hasta que un joven se interpuso en el camino de su mustang, metiéndose en su vida... y en su corazón.

Jonathan Mortimer sólo quería terminar el artículo de liderazgo que garantizaría su trabajo en la prestigiada revista "Póker", y entrevistar a Alberto era lo único que necesitaba para lograrlo. Así que, atravesarse en el camino de su coche fue lo único que se le ocurrió para lograr acercarse a él. Lo que Jonathan no sabía era que había mucho más en la vida de Alberto de lo que las revistas dejaban ver en realidad.


Desafortunadamente, Jonathan no esperaba que su estadía en la hacienda Ventura se convirtiera en algo más apasionado que un asunto de trabajo. Y ahora, ¿cómo podría explicarle a Alberto que sólo lo había estado usando?

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Bien. Pronto será mi octavo aniversario publicando en la página Amor Yaoi, de la cual tengo muy gratas experiencia, y quiero  publicar mi primera historia original homo-erótica multi-capítulo.

Así que les dejo el resumen, para que vayan viendo si les interesa leerla. En caso de que gusten, se publicara un episodio cada dos jueves, a partir del 23 de abril del presente año en la pagina Amor Yaoi [Link]

Sean felices.