¡¡BIENVENIDO!!                                                   El pasado nos recuerda de donde venimos...                                            pero no debe marcar a donde vamos.

martes, 21 de abril de 2015

Inesperado Amor. Capítulo 36

Notas de Mara:
Hola. Esté es uno de los últimos capítulos de este fanfic; lo he escrito con mucho entusiasmo y cariño, especialmente para las personas que siguen dándome sus ánimos en los comentarios y a través de las redes sociales.
Espero que lo disfruten.
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CAPÍTULO 36. Al final del camino

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Hina se levantó de la mesa de cirugía, no le importaba que su ropa estuviera hecha jirones, ni siquiera le importaba saber cómo es que se sentía perfectamente bien luego de todo lo que había pasado, lo único que le interesaba en aquel momento era una cosa: —¿Dónde están mis hijos?

La atractiva rubia frente a ella sonrió de manera torcida. —Eso no debe importarte —explicó, dando un par de pasos hacia las pelirrojas—, porque no les veras nunca más.

La mayor dio algunos pasos al frente y giró su cabeza en círculos, hasta que su cuello trono. Nadie podía pararse frente a ella y amenazar a su familia, e irse como si nada.

—Apártate de mi camino, o no respondo —ordenó con decisión—. Hina molesta.

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Akagami apoyó sus manos sobre sus rodillas mientras intentaba mediar su respiración. Había corrido un largo pasillo que por un momento le pareció interminable, y ahora que finalmente había llegado al otro lado, le faltaba subir unas extensas escaleras. Pensó en Luffy y en lo mucho que había sufrido durante toda su vida, también pensó en sus hijos y en lo inmisericorde que sería con todo aquel que se hubiera atrevido a hacerles daño. Suspiró profundamente al tiempo que se erguía para continuar su camino, y cuando comenzó a subir, pensó en su esposa, en los años que habían pasado juntos, en los buenos momentos que habían compartido, en la promesas que le hizo frente al altar, y por primera vez en todo el tiempo que la había engañado y le había causado dolor, se sintió cómo un miserable que no merecía vivir.

Cuando todo eso acabara llevaría a toda su familia a unas merecidas vacaciones, para olvidar ese trago amargo que les había provocado con su inconsciencia.

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Rob Lucci no planeaba hacer aquello rápido. Había sacado a Robin de su jaula para comenzar a golpearla con fuerza y decisión. Una patada, un puñetazo, un rasguño con las enormes garras; la morena estaba siendo golpeada con más violencia que jamás en toda su vida. Tras una fuerte bofetada que rasgo su rostro, se estrelló de lleno contra una pared metálica, la cual debido a la fuerza se abolló ligeramente. El golpe fue tan duro, que no le dejó fuerza para intentar mantenerse en pie, cayó al suelo helado mientras sentía el crujir de sus huesos y el correr de su sangre. Los niños en la otra jaula estaban horrorizados, la pequeña niña estaba aferrada a su hermano mayor, con la cara hundida en su pecho, temblando cada vez que escuchaba un golpe fuerte o algún mobiliario romperse; el mayor, por otro lado, cerraba los ojos y apretaba a su hermana cada vez que no resistía ver algo. ¡Todos esos hombres eran unos malditos desalmados! El hombre-tigre usó su larga cola animal para sujetarla del cuello y levantarla en el aire, enfrente de sí. Lamió sus labios, dejando ver que aquel acto de violencia lo excitaba, cómo excita un cadáver a un necrófilo. Robin no lograba inhalar suficiente aire, y sus ojos comenzaban a lubricar a causa de la apnea, pero tenía que aguantar, sólo otro poco y aquello finalmente acabaría, sólo otro poco y no volvería a sufrir dolor.

—No deberías maltratarla tanto—comentó un hombre con aspecto de toro, al cual nadie había visto aparecer—, seguramente el doctor querrá estudiar el cadáver.

Lucci no pudo ocultar lo que le había irritado aquel comentario. Dio una serie indeterminada de golpes contra el estómago de la morena, como si se tratase de un saco de box, para demostrar lo poco que le importaba lo que quisiera aquel doctor. La morena mantuvo los dientes apretados para resistir el dolor que los golpes le causaban, fracturando sus costillas y dañando sus órganos internos. Cuando los golpes cesaron finalmente se dio el lujo de abrir la boca para escupir la sangre acumulada, manchando el rostro de su agresor sin proponérselo. Lucci limpió su rostro, furibundo, tomó a la chica de los cabellos y con toda su fuerza la estrelló de lleno contra el suelo.

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Mihawk pasó su brazo delante de Zoro, y suavemente colocó al muchacho detrás de sí. Sir Crocodaille era imponente y aquella extraña habilidad podía resultar intimidante, en especial teniendo en cuenta que no contaban con armas o algún plan de respaldo; no obstante tenía clara una sola cosa en su cabeza: "proteger a Roronoa Zoro".

—Lo distraeré —anunció Juraquille a los jóvenes que lo acompañaban, sin siquiera mirarlos—, busquen otra salida.

Zoro parpadeó un par de veces mientras intentaba procesar aquello. Sin embargo, la peli azul asintió y tomó a su viejo amigo del brazo, dándose la vuelta y jalándolo para que la siguiera.

El peli verde no se movió ni un ápice; al contrario, con su mano libre sujeto el chaleco del mayor obligándolo a mirarle. Mihawk vio de reojo a Zoro, notando la turbación, desesperación y miedo en sus ojos.

—No te preocupes —le pidió, al tiempo que intentaba que soltara su chaleco—, no permitiré que vuelva a lastimarte, —pero lo único que consiguió fue ser tomado de la mano.

—No necesito que me salves —respondió el peliverde con firmeza, pesé al miedo que se reflejaba en sus ojos. Mihawk finalmente se volvió a mirarlo.

—Zoro...

—No soy una damisela en peligro —lo interrumpió—, he sobrevivido solo todos estos años —explicó haciendo a un lado al mayor —. No te necesito —anunció, clavando su vista en un divertido Crocodaille —No necesito de ninguno. Toma a Kuina y salgan de aquí.

Antes de que alguno dijera algo más, la chica corrió escaleras arriba, alejándose de ambos. Zoro no se sintió decepcionado al ver huir a la chica, era lo mejor, ahora sólo faltaba que el ojidorado se fuera también. Crocodaille rió a carcajadas, y comenzó a aplaudir sarcásticamente.

—Ya lo oíste, Juraquille —sonrió—. Lárgate.

Mihawk miró con desprecio a aquel proxeneta, luego volvió a tomar la mano de Zoro, atrayéndolo hacia su cuerpo y envolviéndolo en un protector abrazo.

—Agradezco lo que intentas hacer —le dijo con ternura, acariciando su cabeza con devoción—, pero no quiero que mueras por mí —entonces el moreno lo vio, incapaz de entender lo que había en aquella penetrante mirada de ojos amarillos—. Quiero que vivas conmigo.

La sonrisa de Crocodaille se borró, dejando en su lugar una dura y furiosa expresión.

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— ¿Está segura? —Inquirió Nami, andando detrás de la mayor y semidesnuda mujer, a una distancia prudencial—. Esa mujer es una especie de monstruo.

—En este momento no estoy segura de que soy exactamente yo —respondió Hina, plantándose enfrente de la rubia. Califa sonrió, acomodo sus gafas, y la espuma bajo sus pies comenzó a crecer y esparcirse a su alrededor. Nami tragó saliva aterrorizada.

—Otra vez no.

Un hombre con el cabello largo y extraños bigotes también entró a la habitación.

—Puff... —bufó pasando entre la espuma—. Deberías, simplemente, matarlas; en lugar de ponerte a jugar.

—Será sólo un momento —respondió la mujer.

Nami y Hina no sabían dónde estaba, pues su voz resonaba por toda aquella habitación. El hombre se paró recto y se cruzó de brazos.

—Date prisa.

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Law finalmente logró poner los pies en el suelo, e hizo uso de sus talones para frenar al chico que lo jalaba por aquel edificio sin rumbo exacto. Lo que no se esperaba era que el pequeño moreno siguiera corriendo mientras su brazo se estiraba. Su fuerza era sobre humana, pero el ojeroso logró hacerlo volver de un tirón. Luffy regresó como un resorte chocando contra el otro chico y estrellándose contra un muro. El doctor frotó su cabeza para mitigar el dolor que le había causado el golpe.

— ¿Qué demonios haces?

—Busco a mis amigos —respondió el menor, levantándose como si nada le hubiera pasado.

—Ni siquiera sabes a dónde vas —refunfuñó el médico, poniéndose de pie y sacudiendo el polvo de su ropa.

— ¡Claro que lo sé! —exclamó Luffy con entusiasmo. Law lo miró dubitativamente—. Voy a buscar a mis amigos.

El mayor suspiró. —Haz lo que quieras —dijo con indiferencia, dándole la espalda. No obstante, en ese momento sintió un dolor que lo hizo doblarse y caer de rodillas. « ¡Maldición!» Apretó su pecho vacío, en un intento inútil de calmar el dolor. El más joven se inclinó, lo tomó en brazos y se lo colgó en el hombro, como si de un costal de papas se tratase.

— ¿Qué haces? —Bramó Law, retorciéndose para que lo bajara, y tratando de ignorar su dolor—. Déjame.

—Tú nos curaste a Zoro y a mí —le recordó, andando con él en el lomo—, así que no voy a dejarte aquí, cuando obviamente te pasa algo.

El ojigris suspiró, le habría gustado resistirse más, pero estaba cansado y adolorido.

—Entonces seré yo quién nos lleve a tu destino —y tras decir aquello, extendió una de sus manos—. Room.

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El corazón de Zoro se disparó, vuelto loco, mientras las palabras del pelinegro resonaban en su cabeza: "quiero que vivas conmigo". ¿Acaso eso de verdad estaba pasando? ¿De verdad aquel elegante y sofisticado hombre quería compartir la vida con él? ¿O todo se trataba de una alucinación de su mente, y seguía atado en el cuarto de tortura de Crocodaille siendo profanado? Inhaló profundamente el masculino aroma que aquel hombre emitía, llenando sus pulmones de él, deseando que aquel fuera otro momento para poder confesar todo lo que estaba sintiendo. Repentinamente una brutal corriente de aire los separó, arrojando al pelinegro contra un auto, cuya alarma comenzó a chillar escandalosamente. El peliverde comenzó a sentir una fuerte presión en su cuello, y la sensación de asfixia empezaba a nublar su vista, mientras delante de él se materializaba Crocodaille, con una expresión llena de odio. La única mano del proxeneta le apretaba la tráquea, cortándole el aire, al tiempo que sentía una sed incontrolable que iba en aumento. Mihawk se incorporó tan rápido como le fue posible, estaba aturdido, pero no iba a quedarse ahí mientras aquel muchacho era asesinado delante de él.

—Sólo saldrás de aquí hecho polvo —le dijo, levantándolo todo lo que su altura le permitía—. Literalmente.

Pero justo en el momento que iba a usar su poder para secarlo desde adentro, el filo de una espada cerceno se brazo de un sólo tajo, liberando al peliverde, quien fue atrapado en el aire por el ojidorado. Kuina, quien había regresado un par de pisos para tomar aquella arma blanca de un exhibidor, se apresuró en llegar hasta Zoro, quien tosía con fuerza en un intento desesperado de hacer llegar el aire a sus pulmones.

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Kozha ajustó su cinturón de seguridad cuando el detective comenzó a forzar el motor del auto.

— ¿Estás seguro?

—No —respondió con tranquilidad—, pero no tenemos muchas opciones.

El peli café se preguntó si saldría vivo de aquella debacle para volver a ver Vivi. «Si sobrevivo, me olvidaré de la política para siempre.» El rubio arrancó el auto. Los policías delante de él comenzaron a correr, a saltar, a esquivar.

— ¡Cuidado! —gritó Ace, a través de la ventana a las personas que estaban de espaldas al auto, quienes voltearon a verlos y saltaron a los lados a gran velocidad. El capitán Smoker se colocó justo enfrente del camino de Sanji.

— ¿Qué hace? —inquirió Ace, ligeramente inclinado hacia adelante, refiriéndose al hombre frente a el camino.

—Intenta intimidarme —explicó Sanji, sin disminuir la velocidad.

—Deberías detenerte — sugirió el peli café, tensándose y aferrando su mano derecha en el techo del auto.

—Se moverá.

—No parece que vaya a moverse —meditó Ace. Sanji sostuvo el volante con una mano, se sujetó de la ventana con la otra, y sacó su cabeza y la mitad de su abdomen por la ventana.

— ¡Apártese! —Le gritó a su jefe haciendo un ademán— ¡No voy a detenerme!

—Tras decir aquello volvió a sentarse y aumentó la velocidad. Smoker se cruzó de brazos, plantándose en su lugar. El auto de Kuroashi aceleró, y el capitán no se movía, pero antes de que el auto lo alcanzara, Tashigi saltó sobre él, apartándolo del camino.

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Hina golpeaba las siluetas de jabón que se formaban una tras otra frente a ella, aquello parecía un cuento de nunca acabar.

Nami veía como, la mujer a la que acababa de rescatar peleaba con una agilidad sobre humana, lo que más llamaba la atención de la joven era que en varias ocasiones, le había parecido ver salir una especie de grilletes enormes, disparados desde las manos de Hina.

— Deja de jugar, Califa. — Renegó el hombre de largos bigotes, colocando sus llamativos lentes sobre su frente.

— De acuerdo, Jabra — la mujer salió de entre las burbujas de jabón.

Hina le hizo una seña a la joven que la acompañaba.

— Ella está jugando — le explicó, refiriéndose a la rubia —, aunque mis conocimientos de arte marcial son buenos, llevo años sin entrenar —. Nami la veía atentamente, sin saber que decir respecto a aquello —. Debemos hacer algo.

La joven pelirroja miró a su alrededor, y pareció tener una idea brillante.

— ¿Cree poder distraer a ese hombre? — Cuestionó viendo algún punto distante, detrás de él.

— Por supuesto.
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El pelirrojo abrió la puerta, al final de las largas escaleras de caracol, topándose con un par de sujetos. Suspiró.

— Ya me extrañaba no haberme topado a nadie — anunció, al tiempo que estiraba su cuerpo para hacer tronar sus huesos.

Un muchacho con una nariz parecida a la del joven reportero que los estaba ayudando en aquel rescate, acompañado de un sujeto de largo cabello lila parecían andar en busca de alguien, y si no hubiera creído que era una estupidez, el pelirrojo habría jurado haber visto sorpresa en sus ojos, tras salir de aquella puerta oculta.

— Sera mejor que se aparte del camino — sugirió el muchacho de extravagante nariz.

— Las hojas del loto caerán en el ocaso de su vida, si no se aparta de nuestro camino — declaró dalmáticamente el hombre de cabello lila, mientras parecía seguir una especie de coreografía ensayada.

Shanks no pudo evitar fruncir el ceño, y casi podía jurar que el otro chico se sentía avergonzado.

— Me temo que son ustedes quienes están en mi camino — aseguró el pelirrojo, una vez que el impresionante desconcierto hubiera desaparecido.

— Ocúpate de él Kumadori — pidió el muchacho de curiosa nariz, apartándose y recargándose en una pared —, no peleo con personas desarmadas.

— Por supuesto, Kaku — aceptó el aludido, siguió con su peculiar coreografía hasta colocarse sobre una de sus rodillas frente al pelirrojo —. El final del camino de un hombre es como el invierno del mundo — comenzó a recitar —, cae poco a poco tras el otoño y se apaga con gracia en una celebración.

Ante el desconcierto de su enemigo, hizo uso de su bastón y dio un sorpresivo golpe en la cara del pelirrojo, arrojándolo hacia atrás y haciéndolo caer.

— Es una pena que tu deceso sea como una estrella que se apaga — sonrió el hombre, con una pose triunfante —, repentino y sin ninguna gloria.
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—Deja de jugar, Lucci.

El hombre-tigre estaba pisando la cabeza de la morena, quien lloraba debido al dolor. Lucci la movió de un lado a otro con el pie, antes de girarla y patearla un par de metros.

—Hasta nunca, Nico Robin.

La joven cerró los ojos con fuerza. «Se acabó.» Pero justo cuando las enormes garras de aquel hombre iban a cortar el cuello de la joven dos hombres aparecieron en la habitación, y el más pequeño sostuvo aquella garra con su mano libre.

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— ¿Estás seguro de eso, Fukuro?

Spandam tamborileaba su escritorio. Algo no iba bien, y no tenía que ser un genio para saberlo.

— “Si señor” — respondió atreves del den den mushi —. “El lugar está completamente vacío.”

El jefe de aquel ramo secreto del gobierno estaba verdaderamente tenso, y antes de continuar con su charla, la comunicación se interrumpió y su aparato volvió a comenzar a sonar.

— ¿Di... diga? — no pudo ocultar los nervios.

— “Debiste investigar de quien era esa casa antes de invadirla.”

La voz del otro lado de la línea se burlaba, pero habría que ser tonto para no darse cuenta de su ira.

— ¿Quién es?

— “Despídete de tu equipo.”

Tras aquella frase, la comunicación se corto y el hombre comenzó a intentar comunicarse con su equipo una vez más, sin éxito alguno.
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—Cálmate —pidió el ojidorado al moreno.

—Kuina... —la llamó Zoro entre carraspeos. La chica enfundó la espada con una naturalidad sorprendente. Camino hacía él sonriendo, pero a unos pasos de llegar...

— ¡CUIDADO!

Una voz desconocida para ella la hizo virarse, pero todo pasó tan de prisa que lo único que alcanzó a hacer fue ver el rostro sonriente de Crocodaille en el momento en que sintió algo frío atravesarle la piel.

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Continuara...
Notas finales:

Mil gracias a Kuro Hebihime [Link] por el apoyo en la edición de este y otros capítulos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

fdfsd